Sobre el fracaso escolar en la Universidad y los “listados en color rojo”

Respuesta a “Anónimo”

Estimado amigo:

Conozco la cuestión que plantea porque ocurre en mayor o menor medida en la mayoría de las titulaciones y sé de profesores/as que se han visto afectados por las medidas puestas en marcha por los Vicerrectorados que vienen interviniendo en el tema (Calidad, Ordenación Académica y Profesorado, Estudiantes).

Comienzo a exponerle mi opinión aceptando como premisa su afirmación de que “en los últimos años la preparación de los alumnos que llegan a la Universidad es, cuando menos, sensiblemente inferior a la de años atrás”. Conviene apuntar que no todo el mundo está de acuerdo con ella pero esto sería objeto de un debate diferente al que usted plantea en su comentario. Partamos pues de que estamos ante “un hecho cuyas causas no nos atañen directamente”, aunque la Universidad sí puede cooperar a detectarlas.

En su planteamiento, hay otra afirmación que me parece susceptible de matización: la de que “el perfil de salida debería ser inmutable”, porque creo que el nivel de conocimientos para el ejercicio de una determinada profesión y hasta la propia configuración de ésta evolucionan al compás de los cambios económicos y sociales del medio en el que se va a desarrollar. Pero convengo como segunda premisa en que siempre hay un núcleo invariable de conocimientos que es necesario transmitir a los estudiantes.

Y añado una tercera: que parece razonable que la Universidad establezca un sistema para valorar la eficacia en la transmisión de conocimientos. Lo que nos lleva a valorar la bondad del sistema concreto.

Como usted señala, el actual rectorado ha enfocado el control del fracaso escolar universitario mediante la confección de unas estadísticas por asignatura donde se reflejan el número de suspensos en relación con el número de alumnos matriculados, el número de convocatorias que un alumno necesitó para aprobar y el porcentaje de “embolsamiento”, que tiene que ver con el número de repetidores. Todo ello combinado con los resultados de las encuestas generales de los alumnos, en concreto de la pregunta 14 (relativa al grado de satisfacción global con el trabajo del profesor/a). Como resultado del proceso, se confeccionó una lista de cerca de 40 asignaturas en las que aparecen profesores “listados en color rojo”, como usted dice. La solución adoptado por el rectorado para rebajar esas listas consistió en reuniones de los Vicerrectores antes citados con los directores de departamento, posteriores reuniones incluyendo a los profesores/as implicados y solicitud a éstos de un plan de mejora que en realidad se reducía a un escrito con medidas a tomar por parte del profesor/a. En el curso siguiente, se produjo una nueva confección de listados en combinación con la pregunta 14 de la encuesta general para comprobar si la situación había mejorado.

Me consta que como resultado de este proceso se produjeron situaciones paradójicas, pues hubo profesores/as con gran dedicación a la docencia y compromiso con los estudiantes que se vieron incluidos en las listas mientras que otros profesores con mucho menor interés por su trabajo no estuvieron afectados. Por otro lado, todo el proceso tuvo bastante eco en la prensa.

Cabe cuestionar la validez de los indicadores utilizados por varias razones. En primer lugar, porque alertan sólo de los suspensos y no de los casos de porcentajes altísimos de aprobados, en ocasiones del 100%, que coincido con usted en que pueden ser tachados de “sospechosos”. En segundo lugar, porque parece que no se han tenido en cuenta otros criterios que a mi juicio son relevantes, como la consideración del nivel de asistencia a las clases o los porcentajes de presentación a las pruebas de evaluación.

En la práctica, el mecanismo utilizado ha causado humillación a profesores comprometidos con la docencia, que se han sentido en la picota (el “caso de la famosa biofísica” que usted recuerda, aunque no procede de este sistema, es un lamentable ejemplo). Además, puede tener el indeseable efecto rebote de que algunos se planteen “aumentar sus porcentajes de aprobados artificialmente”, no es eficaz porque no va a las causas del problema y es poco constructivo.

Siendo ésta mi valoración del sistema actual, paso a comentarle mi punto de vista. La determinación del nivel de exigencia es una tarea compleja en la que deben intervenir varios actores. En primer lugar, desde luego, el propio profesor/a, si bien éste/a ha de ejercer una auto-restricción que evite la consideración de su asignatura en toda su extensión y profundidad como la más importante de la titulación, pues esto a veces sucede. Invocando mi propia experiencia, le confieso que algunos aspectos de las asignaturas que imparto en la licenciatura, que hace años me parecían imprescindibles, ahora considero que no son necesarios para ese grado. La determinación del nivel de conocimientos requiere un contraste y una ponderación a la luz del contenido de la titulación en su conjunto, lo que legitima la participación del Centro y del Departamento en esta tarea. En este sentido, conviene apuntar que el diseño de las nuevas titulaciones y planes de estudio para el Espacio Europeo ofrece una oportunidad para ponderar de nuevo el peso de los conocimientos que el estudiante deberá acreditar para obtener el grado correspondiente.

Partiendo de lo anterior, las razones del fracaso escolar universitario son muy diversas. Unas son generales, otras dependen de la titulación que se considere, otras están relacionadas con los cambios en el sistema educativo (enseñanza secundaria, planes de estudios mal diseñados…), algunas tienen su razón en las dotaciones materiales, otras tienen que ver con la actitud de los alumnos y seguramente las menos están en manos de los profesores. El diagnóstico de los problemas y la búsqueda de las soluciones deben tener en cuenta todos estos factores y requieren la promoción de medidas consensuadas con el profesorado junto con la aportación de recursos materiales (aulas, laboratorios, medios tecnológicos para la transmisión del conocimiento…), humanos (profesorado de apoyo en los casos pertinentes, PAS adscrito al apoyo docente…), estrategias de cooperación docente (por ejemplo, creación de bases de datos de conocimiento que permitan la reutilización de recursos de aprendizaje), evaluación de las necesidades en relación con los grupos de alumnos para formación teórica y práctica etc. En definitiva, son necesarios auténticos planes de mejora, que como los expertos indican, son instrumentos al servicio del aseguramiento de la calidad. Me refiero a planes de mejora que contemplen todos los factores e impliquen a todos los actores. Centrarse exclusivamente en el profesor/a, de la forma como se viene haciendo, es lo más fácil pero en la mayoría de los casos puede ser injusto, ineficaz e incluso demagógico.

Yo sí que tengo que pedirle que disculpe la extensión de esta exposición. Pero el tema planteado es muy importante y requiere un análisis reposado. Usted advierte lealmente que se lo va a plantear a todos los candidatos y que probablemente condicione su decisión final. Con la misma sinceridad yo le respondo y me someto a su valoración. Sólo me resta añadir que seguramente la entidad de la cuestión aconseja no sólo un análisis individual sino también un intercambio de opiniones. Quedo a su disposición para ello si lo estima oportuno.

Muchas gracias por su constructiva participación.

7 Responses to “Sobre el fracaso escolar en la Universidad y los “listados en color rojo””

  1. Antes de nada, disculparme por haber “descubierto” este blog ( y el de los otros candidatos) recientemente. Creo que es una excelente herramienta para intercambiar opiniones y análisis sobre nuestra universidad y para conocer las ideas y proyectos de los candidatos. Lamento que la mayoría de los participantes consideren necesario utilizar apodos para exponer en público sus opiniones (que no su voto), opiniones que por otra parte no considero que sean especialmente extremistas. Pero, en fin, todos somos mayorcitos para saber lo que debemos hacer.
    Entrando en el comentario a la respuesta de la candidata a “anónimo” sobre el tema de las “listas rojas”, en general estoy de acuerdo con lo que ahí se dice, salvo con las premisas admitidas (entre comillas en los primeros párrafos). Yo creo que una de las causas del “fracaso escolar” es precisamente admitir ese tipo de premisas sin someterlas a ningún juicio crítico. Admitidas las premisas, lo que sigue no van a dejar de ser “detalles técnicos”, muy importantes sin duda, pero que no afectan al núcleo del problema. (Por cierto de muy difícil implantación, en mi opinión, si no se cambia la estructura de la universidad). Pero volviendo a las premisas, yo creo que a todos los profesores nos encantaría tener sólo estudiantes bien formados, con un montón de conocimientos previos, interesados por sus estudios, trabajadores, educados y además simpáticos. La verdad es que eso facilitaría notablemente nuestra tarea. Pero la realidad es muy terca y tenemos lo que tenemos. Que no es ni mejor ni peor que lo que había hace décadas en la universidad pero que si es distinto. Y el sistema universitario (los profesores formamos parte de ese sistema) se empeña en tratarlos como nos trataron a nosotros cuando estudiábamos (o al menos de forma muy similar).
    En cuanto al perfil de salida, afortunadamente no es inmutable, sino que se ha ido adaptando al desarrollo de la sociedad, en mayor o menor grado según la titulación. El desarrollo acelerado de la sociedad (no sólo el tecnológico) nos está obligando a cambiar el perfil de salida de nuestros titulados y eso es una de las cuestiones que justifican el plan de Bolonia.
    En resumen que cambian las entradas, las salidas y el entorno ( la cultura del esfuerzo de nuestra sociedad y todo eso). Pues con estos bueyes (en el mejor sentido de la palabra) tenemos que arar.
    Por eso creo que es tan importante disponer de foros como este donde discutir nuestros problemas profesionales que no son de fácil solución. Además, y esto es una opinión muy personal, me da la impresión que, salvo mejor opinión de la candidata, no estamos cerca de encontrar las soluciones.
    Un saludo, y perdón por la extensión.

  2. Bravo Ojea. Vd ya tiene atado “el toro por los cuernos”. Pero lidiar al toro y hacer una buena faena, coincidirá conmigo en que pasa por un cambio en la mentalidad del esfuerzo. Pasamos del sistema tradicional de exámenes, solo exámenes, “apuntes, sólo apuntes”, a un proceso de evaluación continua que requiere el esfuerzo de profesores y de alumnos. Los resultados del plan de Bolonia, se verán a largo plazo, pero la cultura del esfuerzo habrá de imponerse.

  3. Mileto, claro que el esfuerzo es imprescindible. En este negocio, universidad, y en cualquier otro. Pero lo que he querido decir es que el tipo de esfuerzo no es invariable, sino que depende de una serie de condiciones del entorno.
    Por ejemplo, hablas de los dichosos apuntes, y ahora entendemos por apuntes algo que se consigue en la fotocopiadora o en alguna página web, por poco dinero y sin esfuerzo. En mi época de estudiante, aunque a algunos les pueda parecer mentira, no existían las fotocopiadoras (sólo las multicopistas, o vietnamitas). Por lo tanto los apuntes eran algo que cada alumno debía generar, bien asistiendo a las clases y resumiéndolas, bien copiando a mano los apuntes de algún compañero caritativo. En cualquier caso lo que hoy se consigue sin esfuerzo, hace unas décadas (no demasiadas, que conste) suponía un esfuerzo notable. No digo que no existan en la actualidad alumnos que generan sus propios apuntes, pero ciertamente son una minoría.
    Entonces que ha ocurrido? Pues en mi opinión que un avance técnico, la fotocopiadora, ha liberado a los alumnos de un determinado esfuerzo (lo que es positivo), pero que ese esfuerzo liberado no hemos sido capaces de redirigirlo hacia actividades con un valor formativo equivalente al de “tomar apuntes”.
    Más bien, y esto por supuesto es discutible, creo que en general hemos pretendido aumentar el volumen de los conocimientos de nuestros alumnos.
    En una palabra cada época necesita un determinado tipo de esfuerzo. Y tan absurdo es pensar que se puede obtener algo sin esfuerzo, como empeñarse en repetir el tipo de formación que nosotros hemos recibido.
    Coincido contigo en que Bolonia es una gran oportunidad, que espero que no desaprovechemos, y que nos va a suponer un enorme esfuerzo. Pero que, además, será necesario cambiar el tipo de esfuerzo si queremos, de verdad, cambiar el panorama. Y hay que cambiarlo.

  4. Apreciado Guillermo:
    ¿No crees que hemos perdido unos preciosos años en la adaptación de nuestras enseñanzas ( no títulos) al espacio europeo?. La encuesta de esta misma Web así lo revela y yo solo he podido votar una vez al igual que otros. Estoy de acuerdo en que se yerra intentando educar de la misma manera en la que hemos sido educados nosotros. Ni la educación escolar, de bachillerato ni la universitaria que hemos tenido, se parecen en nada a la de los jóvenes actuales. Ni tampoco existía el “botellón” que ensucia en ocasiones nuestros campus— Hablas de cambiar el tipo de esfuerzo- que repito tenía que haberse impulsado hace tiempo ya- y no se ha hecho.
    Uno que se ha educado en el sistema anglosajón sabe que, como muy bien dices, en nuestro sistema nos preocupamos mucho de incrementar el volumen de conocimientos de nuestros alumnos, mientras que la enseñanza anglosajona es mas pragmática y va mas orientada al descubrimiento de habilidades y destrezas en el ámbito de estudio.
    De eso se trata, de que los alumnos frecuenten mas la Biblioteca y los lugares en los que se resuelven problemas reales de la profesión y esto requiere esfuerzo e imaginación por parte del tutor y cooperación e integración de profesionales en la Universidad.
    ¿Será capaz nuestra universidad de incorporar profesionales en la academia que faciliten esa enseñanza? La figura de asociado existe en la LOU. Otra cosa es que no se empiece ya prostituyendo con la anuencia del Vicerrector de turno Algo que da pie para que efectivamente en el programa de la candidata, realmente se aborden los cambios necesarios en la organización del profesorado que el espacio europeo demanda.
    Un cordial saludo

  5. Estimado Mileto, claro que hemos perdido el tiempo, pero no tanto en adaptar las enseñanzas al EEES (que eso no deja de ser un aspecto técnico de la cuestión), como sobre todo en convencer a tirios y troyanos de la necesidad absoluta de realizar un cambio radical en el enfoque de nuestras enseñanzas. Y una vez convencidos, o aceptada la necesidad de la reforma con los matices que se quiera, proceder a la formación del profesorado. Y después, ya por fin, adaptar las enseñanzas. Esa debería haber sido la secuencia lógica. Me temo que la realidad será muy distinta. La pregunta clave es porqué va a suceder esto? No creo que la respuesta sea sencilla aunque entre los muchos factores que intervienen a mi personalmente me preocupa el utilitarismo que detecto en muchos de nuestros colegas. Quiero decir el miedo a “perder el tiempo” en reuniones y debates de los que no se va a sacar nada práctico (financiación, nuevos profesores, créditos, papers, etc.). Ya sé que existen infinidad de motivos que explican, en cada caso, para cada persona, esta actitud (tesis, acreditaciones, proyectos, etc.). También es cierto que son muchos los profesores que le están dedicando tiempo a estos temas (por cierto, en general, los más jóvenes). Todo esto es así y tampoco es necesario llevar la autocrítica más allá de lo imprescindible, pero mi percepción, subjetiva, es que existe un déficit de preocupación por los aspectos más generales de nuestra profesión y de nuestra universidad. ¿Cuantos de nosotros, que no tenemos ningún problema en dedicar tres o cuatro días a unas reuniones de nuestro área de conocimiento en el otro extremo de España, somos incapaces de encontrar unas horas libres para asistir a un seminario/curso/conferencia en cualquiera de los centros de nuestra universidad para tratar estos temas? ¿Qué nos ha pasado? ¿No se habrá ido el péndulo al otro extremo donde sólo importa lo que es cuantificable en créditos, en JCR, en €, en % de aprobados, en …?
    Y volviendo al EEES, ya que vamos a exigir a nuestros alumnos algo más que conocimientos, no sería bueno que nos aplicásemos el cuento nosotros mismos?
    Bueno, está visto que las vacaciones me descentran y empiezo a decir cosas que no son demasiado correctas, políticamente hablando, y eso, en época electoral, no se debe hacer.
    En cuanto a la integración de profesionales en la universidad, estoy de acuerdo con lo que expones, pero añadiría un matiz. Cada vez es mayor el número de esos profesionales que, en sus empresas, están sometidos a un régimen horario y de viajes que hacen imposible su colaboración regular en la universidad. Por lo tanto, si no queremos perder sus aportaciones será necesario flexibilizar la forma de computar su dedicación a la universidad, sustituyendo el número de horas de clase efectivamente impartidas, por el peso (subjetivo, claro está) de sus aportaciones. Con los números hemos vuelto a topar.
    Y con el péndulo, hace treinta o cuarenta años, la mayoría de los profesores de las escuelas de ingenieros eran profesionales en ejercicio con dedicación parcial a la universidad. Los profesionales de la enseñanza y la investigación eran una minoría. Hoy estamos en el extremo opuesto, los profesionales en ejercicio son una minoría. Seremos capaces alguna vez de encontrar el punto de equilibrio necesario en cada titulación?
    Un cordial saludo

  6. El paso al EEES es un embolado de aúpa, para el que sólo se ha preparado quien ha tenido la inquietud personal de prepararse asistiendo a cursos y seminarios. Se da, por tanto, la paradoja de que precisamente aquellos que por su predisposición positiva se han asomado a la dinámica de Bolonia son los que menos lo necesitaban.

    La docencia en términos del desarrollo de aptitudes requiere un enorme esfuerzo por parte del profesor, que debe preparar las clases de una forma totalmente nueva. Desaparece el concepto tradicional de tutoría para pasar a un aprendizaje tutorado que, además de tener carácter obligatorio para profesor y alumno, sólo puede ser aplicado en grupos exiguos (no se puede tutorar simultáneamente a 10 alumnos). ¿Estas horas serán contabilizadas en términos de dedicación docente y asimiladas al sistema actual de 240 h anuales por profesor? Si no es así, el nuevo sistema está condenado al fracaso de antemano, pero es que si se aplica correctamente el EEES (grupos pequeños y atención personalizada) no sé de dónde vamos a sacar profesores para cubrir el exceso de docencia resultante.

    ¿Qué propone la candidata? ¿Reducimos los grupos a base de contratar más profesores? ¿Reducimos los grupos a base de endurecemos los criterios de admisión? ¿No reducimos los grupos y seguimos como hasta ahora? ¿Compensamos la desproporción existente entre titulaciones poniendo a profesores de filología a dar clase a los ingenieros técnicos?

    Creo que, en general, nuestro colectivo no tiene ni la más remota idea de lo que se nos avecina, ni del esfuerzo que va a suponer (¿cuántas personas piensan que es un mero cambio de plan?). Tampoco la tiene el Principado, que advierte de que es mal momento para pedir dinero. Pues sin dinero todo el cambio al EEES no es más que papel mojado. Ya sabemos lo que dirá el Principado y lo que luego repetirán nuestros dirigentes: que hagamos un esfuerzo, que nos conformemos con los recursos que tenemos, pero la realidad es tozuda, y la vara por la que somos medidos lleva marcadas las siglas JCR. Ya podemos discutir durante meses la importancia

    de la calidad en la docencia, o del trato a los alumnos o de la transferencia práctica de conocimiento: a la hora de la verdad, la producción científica es lo que cuenta. Se ha incentivado económicamente al profesorado para que investigue y publique. ¿Alguien cree que sin incentivos económicos se puede llevar a buen puerto la adaptación al EEES?

  7. Tarde, demasiado tarde, he accedido a este espacio y pido por ello diculpas. Dicho esto, acabo de leer lo que he encontrado sobre “fracaso escolar en la Universidad” y “listas rojas”, aderezado de paso con reflexiones sobre el Booinia y Espacio Europeo. Echo sobre el tapete algún comentario-refexión-sugerencia-interrogante.

    1º.- No sé si cuando aquí se habla de “fracaso escolar” se entiende de manera análoga a lo que los expertos en educación entienden en otros niveles de enseñanza. Me temo que no y, por ello, habría que clarificar el alcance del concepto si luego se pretende debatir sobre ello, ya que el referente mayoritario sobre el particular seguramente no está en la trinchera universitaria. Y piensen que comparar es también un modo de conocer nada despreciable. Quede el tema sobre la mesa.
    2º.- ¿Puede enjuiciarse el “fracaso” tan sólo por el numero de suspensos y el “éxito” tan sólo por el volumen de aprobados? Creo que no (con lo que cuestiono de raiz el proceder elegido hasta la fecha, como me parece algún otro ya ha escrito) y dejo el asunto abierto.
    3º.- Cuando se habla de calidad docente del profesorado o de ineficacia docente de los profesores (me sirve cualquier punto de partida), ¿se tiene en cuenta la consideración académica y social que el sistema universitario asigna a la docencia? Pónganse la mano sobre el corazón (el “cor docens” y/o “cor discens”, claro. De momento me bastaría con ése) y respóndanse.
    ¿Dónde ha puesto la Universidad el acento para una buena carrera docente? Convendrán conmigo que, aun siendo de crucial importancia la investigación (cosa que nadie negará), ha sobredimensionado este dominio, arrinconando la docencia, ¿o no? ¿Acaso “viste” en los curricula de opositores/as el tiempo que emplean en atender al alumnado, seguir sus aprendizajes, orientar sus trabajos, confrontar sus discrepancias y dudas, alentar caminos y sugerencias de su parte, etc., etc. … en defeinitiav “perder el tiempo” en tareas oscuras y nada vistosas, aunque no por ello menos necesarias, imprescindibles para que pueda hablarse de Universidad? O, por el contrario, la capacidad de lucrar mérito y reconocimiento públicos, de “encandilar” al tribunal (y de que, a la recíproca, éste “se encandile” ;) ¿no se se consigue más bien con el número de publicaciones “in-pactantes”? Sería ilistrativo comprobar cuántas veces aparece lo mismo (casi lo mismo) maquillado y con otro collar, etiqueta o título; o cuántos firmantes lo han producido (no pocas veces una legión: ¿a cuánto “toca· cada uno/a?); etc. etc.
    Soy consciente que utilizo una caricatura que, sin duda, deforma algo la realidad, pero que tiene la virtud (y esto es lo que pretendo, no otra cosa) de llamar la atención sobre la desproporción existente en el seno de una institución cuya función de trasmitir y enseñar conocimientos (no sólo ni principalmente “sacar productores” ;) seguramente ha quedado infravalorada y, si se me permite, hasta desvirtuada y relegada al cajón de “los inservibles”. Si esto es así (y me parece que hay suficientes indicios de ello. Quede para otro día reflexionar sobre este objetivo “productivista” del EE), ¿creen que podrá ilusionarse al profesorado en estas circunstancias? Y luego se habla del trabajo necesario en la reconversión (?) al EE. ¿No es algo contardictorio, incoherente o, al menos, llamativo, por no decir insultante?
    Uno que ya transita por veredas y cañadas cercanas a la jubilación [esa que, añorando la juvenilización profesoral, tanto parece preocupar (?)] mira con cariño lo que algunos maestros universitarios han dicho o escrito a propósito de la función o, quizá mejor, misión magisterial. Traigo ahora unas frases de D. Miguel de Unamuno (ya sé, ya sé que no faltará quien le ponga tachas al profesor Unamuno, ya. Pero, al menos por una vez, dejen en la percha del porche posibles animosidades y lean). Me parecen párrafos sugerentes y plenos del “eros pedagógico” de que habló Sprenger, e incluso interesantes para re-pensar la tarea a que inevitablemente nos avecina el Espacio Europeo. Me atrevo a recomendar la lectura “in extenso” de esta carta de Unamuno. Por si algiuien se anima, doy la referencia al final de la cita.

    ” (… ;) No nos damos bien siempre cuenta de lo que es esa labor oscura y tenaz, de lo que es la obra de la palabra viva vertida un día y otro día en la intimidad del afecto que crea el trato, mirándose maestro y discípulo a los ojos, sintiéndose mutuamente la respiración cálida.
    He escrito mucho en los años que llevo de vida —tal vez demasiado—, pero puede ser que mi nombre se salve, si es que se salva, del olvido, merced a esos mis escritos, mi espíritu, o, mejor dicho, aquella parte del espíritu común que se me confió en depósito, perdure vivo después de yo muerto, gracias a esa labor oscura y paciente, de pecho a pecho, gracias a mis discípulos por España y fuera de ella derramados”. (MIGUEL DE UNAMUNO, Contra esto y aquello en Obras completas III. Escelicer, Madrid 1968, 614-61 8)

    Como ya me he alargado en exceso, dejo para más adelante otros comentarios. Mis excusas por la extensión.

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